Cuando
no se representa
nada, cuando simplemente se es, y no nos liga compromiso alguno
político, económico, o profesional, de grupo o de clase, o de
partido, tal vez podamos permitirnos hablar con independencia en
nombre de todos o, al menos, para que todos nos comprendan.
Seguramente
es pretensión desmesurada y ese abarcar nos prive, en gran parte, de
oyentes, en virtud de esa misma independencia que constituye, a mi
modo de ver, la única legitimidad de nuestra palabra, y esto debido
a que hoy, muchos
-¿la mayoría?- no sienten ese atractivo -esa necesidad- de ser
independientes, siendo su aspiración, por el contrario, de signo
opuesto; buscan, o se confortan, sabiéndose protegidos, ‘dirigidos’,
mandados. Pero hay siempre unos hombres, en cualquier región, en
cualquier clima, muchos anónimos, algunos singulares, para quienes
la vida, su vida propia, pero también, y casi a la misma altura, su
vida social, su vida nacional, es refractaria al mando y que sólo
encuentran aliciente en vivir como lo que son, o creen ser, hombres,
no soldados, seres, unos relevantes, otros modestos, pero que no
entienden la vida más que como el continente de una mínima porción
verdadera de libertad sin la cual, los mayores acontecimientos
sociales no son sino monumentos de piedra, y la vida interior un
mecanismo marcial que acaba por colocar, allí donde íbamos a buscar
al ser vivo, el rostro antipático de una consigna seca o la
degradación repulsiva de una obediencia deshumanizada. Estos hombres
que quieren vivir como lo que se sienten, cuerpos vibrantes, entes
con razón, no siempre se dan cuenta de lo que les pasa o, en el
desconcierto del mundo actual, no aciertan a expresarse a sí mismos,
atenazados, por tal acumulación operante de prejuicios, la índole
de sus sentimientos; otros se desconciertan, y mal, o
tendenciosamente informados, fluctúan, y hasta están en peligro de
naufragar; más que traicionar su ideal se hacen indiferentes,
flotan, aceptan sin saberlo, se neutralizan,
se rinden si, sobre todo, la cuota que se les paga, asciende. Están
también,
y en
primer lugar, los jóvenes, no todos, que quieren saber, que no están
dispuestos, o creen al menos, a doblar la frente, pero que corren el
riesgo de caer en las viejas trampas o nuevas las nuevas
mixtificaciones. Para
todos ellos escribo, para aclarar, para informar, para confirmar,
sobre lo que he vivido y sobre lo que he pensado, unas veces en la
calle, otras en mi refugio, tan indispensable esto como aquello ya
que la calle confunde y el refugio dilucida. ¿Objetivo? No. Aspiro a
ser lo más subjetivo posible. Solo hablando en nombre propio logra
el hombre coincidir , si no con la verdad que resulta una meta
demasiado abstracta, con la autenticidad al menos. Ser auténtico
vale tanto como ser verdadero y está mal al alcance de nuestra buena
voluntad. Hablaré, pues, como me nace y como sé; diré de lo que he
visto y he vivido, de lo que oí y pensé, relacionando. Y lo sellaré
todo, para el porvenir, con la garantía que me ofrece mi persona y
mi palabra.
Sesenta
y siete tacos el día doce
de febrero cumplí con pocas ganas
de
happy birthdays, de velas atroces
pero esa tarde me llamó
Susana.
Presidenta
le dije, no me tiente,
con medallas impropias de un
gualtrapa,
aunque si es de mi tierra y de mi gente
será un
honor lucirla en la solapa.
Y
eso que en estos tiempos de tribales
identidades anti
solidarias
uno acepta encomiendas federales
si no son
desiguales y gregarias.
Urge
por eso, en tan inciertos días
construir puentes, destruir
barreras,
que sea la verdiblanca la bandera
de la cultura,
el pan y la alegría.
De
Huelva y de Jaén eran mis padres,
mis amigos don nadies sin
fronteras,
cuando la última copa me descuadre
regresaré a
mi olivo y a mi higuera.
Jaén,
Sevilla, Córdoba, Granada,
Málaga, Huelva, Cádiz,
Almería,
duendes de la memoria enamorada
mantras del
corazón y la utopía.
¡Qué
jeta! ¿Predilecto? ¡Qué impostura!
Se burlan los espejos
implacables
¿El cantautor o su caricatura?
¿El golfo? ¿El
trotamundos inestable?
¿El
rojo con abono en la maestranza?
¿El rockero que admira al
Agujetas?
¿El ateo que espera a la Esperanza
de Triana
soñando una saeta?
¿Qué
cantan los poetas andaluces
de ahora? -preguntaba Rafael Caballero Bonald, perito en luces
de Argónida le puede
responder.
Y
mi compadre Luis García Montero
y Felipe Benítez que en la
Rota
de la OTAN fundó un invernadero
para plantar mis
ripios y mis notas.
Y
allí paso veranos exquisitos
al amor de la gente que más
quiero,
rodeado de hermanos, primas, titos,
un doctor, un
borracho, un alfarero.
En
ningún otro sitio los gitanos
han echado raíces de
Macondo
llenando el alcanfor de mis paisanos
de un milagro
llamado cante jondo.
Por
no mentar la Alhambra y la Mezquita
de al-Ándalus, bendita
morería,
o de las juderías sibaritas
que Isabel y
Fernando aborrecían.
Aunque
uno es nocherniego y tabernario
también sabe dar pases de
castigo
pa ser buen andaluz no es necesario
tocarle tantas
palmas al ombligo.
Mejor
pasar a limpio los pecados,
los eres, la ignorancia, el
desempleo,
Andalucía sabe demasiado
lo ingrato que es
bailar con el más feo.
La
ilustración brilló cuando las cortes
de Cádiz se metieron en
faena,
después un rey felón vendido al norte
puso de moda
el vivan las caenas.
Parias
hambrientos, pijos de mal vino,
guerras civiles, ninis sin
memoria,
no conviene olvidar, por si la historia,
que aquí
nacieron Lorca y su asesino.
Primero
fueron Úbeda y Granada
las ciudades de mi devocionario,
luego
vino Madrid, Londres y cada
Babel que me brindara un escenario.
Y
América Latina tan mestiza
que sabe a ron y arcángeles
paganos
y esa Habana mulata tan castiza,
tan gaditana dijo
Carlos Cano.
Regular,
mire usted, tirando a mal
anda nuestra marchita economía
pero
en arte, delirios y osadía
no conozco un parnaso tan frutal.
Por
eso a los tribunos que gobiernan
hoy les pido, perdónenme que
insista,
una patria decente, audaz, moderna
humana, justa,
libre y progresista.
Y
como no me ponen los sectarios
ni me frenan atávicos
prejuicios
soñar un paraíso hospitalario
al sur del sur
es ya mi único vicio.
Tuvo
que ser el gesto de un paisano,
pongamos que hablo de Alejandro
Sanz,
quien detuviera en fa mayor la mano
que maltrataba el
morro de una fan.
Porque,
aunque soy forofo del Atleti
y admirador de Messi y de
Zizou,
entre el merengue y, manque pierda, el Betis
quiero
siempre que gane el andaluz.
Marifé,
Gala, Góngora, Cernuda,
Morente, Rancapino, Camarón,
Pasión,
Emilio Prados, Juan Ramón:
el sabio sabe más cuanto más
duda.
Y
Bécquer y don Juan, Chávez Nogales,
Javier Ruibal, Paquito de
Lucía,
Téllez, Muñoz Molina, los cabales
profetas de la
nueva Andalucía.
Y
Romero de Torres y Murillo
y Juan Vida, Valdés Leal, Laffón,
y
Picasso y Velázquez y Gordillo
yendo del carboncillo a la
abstracción.
Y
Rilke, Hemingway, Gibson, Brenan
y el orondo Orson Wells, guiris
de pro,
que entre la magia, el llanto y la verbena
Blas
Infante a su causa convirtió.
Y
Pastora Soler y Miguel Ríos
y la ópera bastarda de Bizet
y
Carmen, la morena del quejío
que no es la del gabacho Mérimée.
Abrácense
por fin las dos Españas,
muera el siniestro guerracivilismo
ni
obispos ni trileros sin entrañas
menos tontos por ciento de lo
mismo.
En
Madrid aprendí cómo reluce
la copla de Chacón tabaco y
oro
cuando salen roneando por el foro
del café de la Unión
los andaluces.
Permítanme
también que cite y loe
aquellos besos en Puente Genil,
el
trilingüe legado de Averroes,
las lágrimas de sangre de
Boabdil.
Y
Aleixandre el gran Nobel generoso,
el hombre más discreto de
Sevilla,
que en Wellingtonia tuvo buen reposo
y amores
clandestinos de puntillas.
Maestros
de fervor republicano,
actores de la mítica Barraca,
doctores
que en su exilio americano
ilustraron al negro y al sudaca.
Aquí
pintan de añil el universo,
Morante, Caracol, José Mercé,
el
nombre de la rosa, prosa y verso,
Altolaguirre, Lola, Raphael.
La
impúdica y traviesa chirigota,
John Lennon y la Piaf por
bulerías,
el Kichi en carnaval dando la nota,
el verdial
tan rural de la Ajarquía.
Con
lo que va apreciándose y creciendo
por todo el ancho mundo el
español
¿qué coño hace ese shosho malvendiendo
su
inglés barato por eurovisión?
Querido
no te pongas estupendo
me dijo anoche un cierto don latino
de
Hispalis, sigue andando y escribiendo
pero en román vulgar y
paladino.
Cuidando
mi mala salud de hierro
hurgando en pecadillos veniales,
con
seis gatos en torno y ningún perro
que ladre en mis futuros
funerales.
La
España de charanga y pandereta
no es el sur luminoso que
prefiero,
mientras el jornalero y el paleta,
blasfemen
contra el dios de los banqueros.
Pero
es verdad que el ciclo de la luz,
el pescaíto, el mar, el vino,
el clima
convierten en fanático andaluz
al que a su gente
singular se arrima.
Estos
días azules y este sol
de la infancia en un patio de
Sevilla
velaron al poeta en la pensión
de Colliure con
flores amarillas.
Dos
versos, un cuaderno, un sacramento
póstumo del mejor de los
Machado
que nos dejó de noble testamento
su cómo ser un
andaluz honrado.
Contra el pacto del sable y la casulla
mi
diosa es la razón que no se vende
esta medalla al mérito es
más suya
que de quien de su ejemplo tanto aprende.
Alérgico
a sermones y laureles,
hoy, lejos de calle melancolía,
pongo
mi tinta, cantos y pinceles,
al servicio de nuestra Andalucía.
Bendito
veintiocho de febrero
lo dice un hijo pródigo que sabe
que
aquí no sobra nadie, compañeros,
que todo el mundo en esta
tierra cabe.
Andaluz
y español, más europeo
que el virus que nos quiere
separar,
por sí dice ese himno en el que creo
y por el
mundo, y por la humanidad.
Portada de Don Quijote, segunda parte, edición de Bruselas, 1616.
CAPÍTULO PRIMERO
De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote cerca de su enfermedad
Cuenta Cide Hamete Benengeli en la segunda parte desta historia y tercera salida de don Quijote que el cura y el barbero se estuvieron casi un mes sin verle, por no renovarle y traerle a la memoria las cosas pasadas, pero no por esto dejaron de visitar a su sobrina y a su ama, encargándolas tuviesen cuenta con regalarle, dándole a comer cosas confortativas y apropiadas para el corazón y el celebro, de donde procedía, según buen discurso, toda su mala ventura. Las cuales dijeron que así lo hacían y lo harían con la voluntad y cuidado posible, porque echaban de ver que su señor por momentos iba dando muestras de estar en su entero juicio. De lo cual recibieron los dos gran contento, por parecerles que habían acertado en haberle traído encantado en el carro de los bueyes, como se contó en la primera parte desta tan grande como puntual historia, en su último capítulo; y, así, determinaron de visitarle y hacer esperiencia de su mejoría, aunque tenían casi por imposible que la tuviese, y acordaron de no tocarle en ningún punto de la andante caballería, por no ponerse a peligro de descoser los de la herida, que tan tiernos estaban.
Visitáronle, en fin, y halláronle sentado en la cama, vestida una almilla de bayeta verde, con un bonete colorado toledano; y estaba tan seco y amojamado, que no parecía sino hecho de carne momia. Fueron dél muy bien recebidos, preguntáronle por su salud y él dio cuenta de sí y de ella con mucho juicio y con muy elegantes palabras. Y en el discurso de su plática vinieron a tratar en esto que llaman «razón de estado» y modos de gobierno, enmendando este abuso y condenando aquel, reformando una costumbre y desterrando otra, haciéndose cada uno de los tres un nuevo legislador, un Licurgo moderno o un Solón flamante, y de tal manera renovaron la república, que no pareció sino que la habían puesto en una fragua y sacado otra de la que pusieron; y habló don Quijote con tanta discreción en todas las materias que se tocaron, que los dos esaminadores creyeron indubitadamente que estaba del todo bueno y en su entero juicio.
Halláronse presentes a la plática la sobrina y ama, y no se hartaban de dar gracias a Dios de ver a su señor con tan buen entendimiento; pero el cura, mudando el propósito primero, que era de no tocarle en cosa de caballerías, quiso hacer de todo en todo esperiencia si la sanidad de don Quijote era falsa o verdadera, y así, de lance en lance, vino a contar algunas nuevas que habían venido de la corte, y, entre otras, dijo que se tenía por cierto que el Turco bajaba con una poderosa armada, y que no se sabía su designio ni adónde había de descargar tan gran nublado, y con este temor, con que casi cada año nos toca arma, estaba puesta en ella toda la cristiandad y Su Majestad había hecho proveer las costas de Nápoles y Sicilia y la isla de Malta. A esto respondió don Quijote:
—Su Majestad ha hecho como prudentísimo guerrero en proveer sus estados con tiempo, porque no le halle desapercebido el enemigo; pero si se tomara mi consejo, aconsejárale yo que usara de una prevención de la cual Su Majestad, la hora de agora, debe estar muy ajeno de pensar en ella.
Apenas oyó esto el cura, cuando dijo entre sí: «¡Dios te tenga de su mano, pobre don Quijote, que me parece que te despeñas de la alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tu simplicidad!».
Mas el barbero, que ya había dado en el mesmo pensamiento que el cura, preguntó a don Quijote cuál era la advertencia de la prevención que decía era bien se hiciese: quizá podría ser tal, que se pusiese en la lista de los muchos advertimientos impertinentes que se suelen dar a los príncipes.
—El mío, señor rapador —dijo don Quijote—, no será impertinente, sino perteneciente.
—No lo digo por tanto —replicó el barbero—, sino porque tiene mostrado la esperiencia que todos o los más arbitrios que se dan a Su Majestad o son imposibles o disparatados o en daño del rey o del reino.
—Pues el mío —respondió don Quijote— ni es imposible ni disparatado, sino el más fácil, el más justo y el más mañero y breve que puede caber en pensamiento de arbitrante alguno.
—Ya tarda en decirle vuestra merced, señor don Quijote —dijo el cura.
—No querría —dijo don Quijote— que le dijese yo aquí agora y amaneciese mañana en los oídos de los señores consejeros, y se llevase otro las gracias y el premio de mi trabajo.
—Por mí —dijo el barbero—, doy la palabra, para aquí y para delante de Dios, de no decir lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque, ni a hombre terrenal, juramento que aprendí del romance del cura que en el prefacio avisó al rey del ladrón que le había robado las cien doblas y la su mula la andariega.
—No sé historias —dijo don Quijote—, pero sé que es bueno ese juramento, en fee de que sé que es hombre de bien el señor barbero.
—Cuando no lo fuera —dijo el cura—, yo le abono y salgo por él, que en este caso no hablará más que un mudo, so pena de pagar lo juzgado y sentenciado.
—Y a vuestra merced, ¿quién le fía, señor cura? —dijo don Quijote.
—Mi profesión —respondió el cura—, que es de guardar secreto.
MIGUEL DE CERVANTES (1547-1616). De El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (1615) , segunda parte.
¡Oh la saeta, el cantaral Cristo de los gitanos,siempre con sangre en las manossiempre por desenclavar!¡Cantar del pueblo andaluzque todas las primaverasanda pidiendo escaleraspara subir a la cruz!¡Cantar de la tierra mía,que echa floresal Jesús de la agonía,y es la fe de mis mayores!¡Oh, no eres tú mi cantar!¡No puedo cantar, ni quiero,a ese Jesús del madero,sino al que anduvo en el mar!
ANTONIO
MACHADO (Sevilla, 1875- Colliure, 1939). De Campos de Castilla,
1912.
Noche, no había otra cosa. Demasiado tiempo pasó sobre ese puñado de arena y tierra al que llamaban carretera comarcal. Ella lo sabía. Estaba allí, esperando algo que parecía no llegar, en una lúgubre marquesina.
Tan vieja como la carretera era la bombilla que pendía del techo, que le guiñaba pequeños momentos de oscuridad. Cuando no lo hacía, miraba a la maleta. Su gran maleta, vestida con pegatinas de todos los lugares en los que habían estado.
El silencio era agobiante y sólo se quebraba con el paso de algún vehículo. Los grillos ponían la banda sonora mientras les observaban desde las más recónditas ramas. A ella y a su maleta.
Reinaba una tranquilidad desoladora. No se veían, pero sí se oían los sufrimientos callados, los deseos reprimidos y los pensamientos ocultos de todo el mundo. Todos iban a parar allí, a ese cementerio de sueños donde las heridas no cicatrizaron jamás. ÁLVARO ARRANS ALMANSA (Córdoba, 1998). 2º Bach. D
¿Qué
acento afuera del portal resuena? ¿Qué rumor de la fuente el
aire agita? Dejad que el canto que el espacio llena en la real
estancia se repita. A la voz de su rey, que así lo ordena, el
paje a obedecer se precipita, y cuando vuelve, dice el
soberano, haced entrar al trovador anciano.
¡Salud!
hidalgos y gentiles hombres, ¡Salud! señoras de belleza rara, de
tanta estrella, ¿quién sabrá los nombres? ¿Quién se atreve a
mirarlas cara a cara? Humilde corazón no aquí te asombres ante
esplendor y pompa tan preclara, y ciérrense mis ojos que para
ellos no han de ser espectáculos tan bellos.
Cierra los
ojos y del arpa brota bajo su mano, excelsa melodía que con el
canto confundida flota en raudal de purísima armonía.
Johann
Wolfgang von Goethe (1749-1832), De Elegías
romanas
(1785).